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“¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio.” Isaías 40:25-26 RVR 1960
La adoración a Dios tiene que ver con tomar conciencia de nuestra dependencia de Él y entregarnos a su voluntad y sobre todo implica reconocerlo como nuestro Creador y Dueño. El hombre fue creado para adorar a Dios; nuestra esencia con la que Dios nos ha creado contiene algo propio que se manifiesta a través de la necesidad de adorar, por eso si el ser humano no adora al Dios verdadero, termina adorando cualquier otra cosa en su lugar. Es por esto, que cuando las personas no dan al Señor el lugar que le corresponde en sus corazones buscan llenar ese espacio con muchas cosas que les ofrece la vida, incluso intentan llenarlo adorándose así mismo. Nunca le des a nadie el lugar que sólo Dios puede ocupar en tu vida; asegúrate de tenerlo siempre en la posición correcta, es decir en el primer lugar. Nadie podrá jamás sustituir a Dios en tu vida, pero si alguna vez cedes a alguien el espacio que solamente a Dios le corresponde, asegúrate que el que lo ocupe, sea Todopoderoso, Altísimo, Omnipresente, Omnisciente y Soberano, además, que pueda darte salvación y vida eterna, que pueda hacerte provisión aún de la nada, que pueda sanarte cuando la medicina te desahucia y al buscarlo te darás cuenta que jamás lo encontrarás, porque Dios nunca ha tenido sustitutos ni los tendrá jamás. En otras palabras, Dios es absolutamente insustituible. ¡Ese es el Dios a quien servimos: El Eterno, Jehová de los ejércitos!
Con aprecio y amor.
Hernando y Mary Aparicio