¿Quieres leer con música?
Dale Play
“Señor, mi corazón no es orgulloso, ni son altivos mis ojos; no busco grandezas desmedidas, ni proezas que excedan a mis fuerzas. Todo lo contrario: he calmado y aquietado mis ansias. Soy como un niño recién amamantado en el regazo de su madre. ¡Mi alma es como un niño recién amamantado! Salmo 131:1-2
David fue el rey más poderoso de su tiempo. Muchos servidores estuvieron siempre a su disposición. Él podía decidir asuntos de vida o muerte con un gesto de su mano. Nadie le negaba nada de lo que él deseaba. Aún así pudo decir: “Mi corazón no es orgulloso”. David se acordó humildemente de dónde vino. Era un pastor cuando Dios lo llamó para ser rey, jamás se olvidó que en el fondo era un humilde pastor. David pasó a decir más tarde: “Ni son altivos mis ojos”, es decir, no he mirado a nadie con aires de superioridad. Ambas actitudes como el orgullo y la altivez son muy dañinas. David no presumió ser más de lo que era. No fue un hombre que hacía notar su importancia, pues Dios lo había escogido como rey, ni se consideró mejor que otros. Nosotros tampoco debemos ser orgullosos y altivos. No tenemos el derecho de menospreciar a los demás sólo porque se tiene una profesión, un buen trabajo o muchos bienes materiales. Es bueno que recordemos de donde nos sacó el Señor y nos daremos cuenta que Él nos rescató de las tinieblas a su luz admirable y que su gracia, su amor y compasión siempre estuvo con nosotros. Amemos y ayudemos a cuantos necesiten de nosotros. Naciste bendecido para bendecir a otros.
Con aprecio y amor.
Hernando y Mary Aparicio