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“Dios mío, tú eres mi luz y mi salvación; ¿de quién voy a tener miedo? Tú eres quien protege mi vida; ¡nadie me infunde temor! Me puede atacar un ejército, pero yo no siento miedo; me pueden hacer la guerra, pero yo mantengo la calma.” Salmo 27:1, 3 TLA
Cuando lo que te hacia llorar, ya no te afecta te das cuenta de lo mucho que has crecido. Las cosas que te molestan y te producen dolor, son las que el enemigo siempre usará para atacarte y hasta que no lo superes, él se mantendrá haciendo uso de lo mismo. En ocasiones, las personas se preguntan: “¿Por qué el ataque tiene que venir de la gente que más amo y de los que se suponen que tienen que ser mis mejores aliados?” Ante tal interrogante, “¿Crees que el efecto del ataque sería el mismo si el enemigo usara a alguien desconocido para ti?” No podemos tener control sobre los ataques que nos hace el adversario pero si podemos decidir impedirle que nos dañen. Desecha todo lo que tiene potencial para intoxicarte; niégale la entrada a todo lo que pueda dañar tu espíritu. Quítale el control al enemigo y has que a partir de este día, aquello que él consideraba ser su mejor arma para herirte, pierda su efecto. Deja las cosas en manos de Dios y toma la decisión de revelar con tu actitud que has crecido y que ya no eres el mismo. Las amenazas en tu contra son fuertes, numerosas, variadas y continuas; pero Dios hará que todas se frustren. Aunque todos hayan preparado la mejor estrategia para acabar contigo, Dios no lo permitirá. ¡En Él siempre estamos seguros!
Con aprecio y amor.
Hernando y Mary Aparicio